El reencuentro con tus libros de siempre

El reencuentro con tus libros de siempre

DIARIO DE UN RECLUSO INOCENTE
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“En tales momentos de soledad, nadie podía esperar la ayuda de su vecino; cada uno seguía solo en su preocupación”.


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Miércoles, 25 de marzo de 2020.


(11º día de cautiverio)


Ayer, martes, se me complicó el día y, una vez resueltos todos los asuntos, me quedé sin ganas de ponerme a escribir. Demasiadas llamadas de teléfono por la mañana, que acaban alterándote el ánimo. Y por la tarde, algunos problemas informáticos que había que resolver y que me dejaron exhausto.


Así pues, ni escribí diario, ni tuvimos al anochecer la habitual sesión de just dance que tanto gusta a Carlos y que viene muy bien para hacer ejercicio en familia de forma divertida.


Eso sí, cumplí mi ración diaria de limpieza desempolvando y ordenando algunos libros de las estanterías. Es una tarea que viene bien no solo para los músculos y la mente; te permite además ordenar los libros de modo coherente, ya que, poco a poco, van desordenándose por intervención de unos y otros. Y cuando vas a buscar algún título, no aparece por ningún lado.




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Nunca he encontrado tiempo para contar los libros que he ido acumulando a lo largo de los años, varios millares, sin duda, aunque buena parte de ellos están desperdigados por ahí: en el pueblo, en la oficina de Valladolid, en el trastero... La falta de espacio acabó obligándome a hacer una depuración, y he ido dejando a mano aquellos que más me gustan, sobre todo grandes obras de la literatura universal.


Claro que la biblioteca fue mía al principio, pero luego se han ido adueñando de ella mis hijos, que traen y llevan libros continuamente para las lecturas obligatorias del colegio o, simplemente, para leer una obra de la que han oído hablar a sus profesores o por mera curiosidad.


Cristina ha manifestado siempre una pasión más lectora que Carlos. Ambos han nacido en plena era digital y son más proclives a los productos audiovisuales que al libro en papel. Cuando les reprocho el excesivo tiempo que emplean inmersos en el universo digital me responden que yo no entiendo, que estar tanto tiempo pegados a los aparatos es muy normal hoy en día, que ellos son nativos digitales y yo un carcunda con las convicciones congeladas en el siglo pasado.


El coronavirus, singular paradoja, me ha permitido con este confinamiento domiciliario un reencuentro con mis libros. Entresacando obras de las estanterías te llevas sorpresas: de pronto tropiezas con títulos que pensabas que no tenías en tu colección o te topas con otros que creías haber arrojado al fuego hace años. Y es que el fluir de la vida acaba pudiéndote, y acumulas sin criterio libros que te llegan de aquí y allá, algunos dignos de las mayores penas del infierno.


Por eso, de vez en cuando conviene llevar a cabo un escrutinio, como el famoso del Cura y el Barbero en la alocada la librería caballeresca de Alonso Quijano


Es verdad que en esta labor de expurgo me ayudaron sobremanera Carlos y Cristina cuando tenían seis u ocho años. A menudo llegaba yo a casa por la noche y los sorprendía patinando sobre libros que habían extraído al azar de las estanterías o haciendo pilas en medio del salón como para prenderles fuego, con algunos tan desgualdrajados como el propio Hidalgo de Cervantes tras embestir a los molinos de viento.


-¡Gr…! ¡Qué habéis hecho con La cartuja de Parma! ¡Por Dios, no volváis a utilizar de patín Cien años de soledad! ¡El Gatopardo, El retrato de Dorian Grey…! Las historias de … Sí, con este podéis jugar todo lo que queráis e incluso podéis prenderle fuego en la terraza.


Conque, el ejercicio de la limpieza me está sirviendo al tiempo para guillotinar todos los bodrios que mancillaban silenciosamente la biblioteca. Mejor no citar a autores, algunos todavía vivos, para ahorrarles berrinches y evitar rencores. Y es que, en España, a los libros les pasa como a las leyes: más valdría disponer de menos, pero más cabales.


Sana envidia me produce mi amigo Luis Falcón, lector empedernido, que está abonado a una editorial y se ventila todos los meses casi media docena de títulos. Recientemente estuvimos en una librería y se pertrechó de nuevos libros para sobrellevar mejor el encierro que iban a decretar al día siguiente, entre ellos uno sobre la vida y obra de Benito Pérez Galdós, cuya lectura confiesa le está produciendo gran placer.


El coñón de Valle-Inclán, poniendo la frase en boca de los jóvenes modernistas del momento, endilgó a don Benito el mote de Garbancero, que se popularizó con rapidez por su carga sarcástica: «Precisamente ahora está vacante el sillón de don Benito el Garbancero».

El apodo tenía un doble sentido: aparentemente, se refería a los garbanzos que los españoles comían a diario en aquella España de la segunda mitad del XIX en que principió Galdós (un crítico llegó a escribir que las obras de Galdós “olían a cocido”), pero en el fondo el dardo iba contra su estilo literario, considerado injustamente por algunos, entre ellos el propio Valle-Inclán, Menéndez Pelayo o Unamuno, incorrecto y desaliñado.

En cualquier caso, nos hallamos ante uno de los grandes narradores de la literatura española y el gran genio del realismo español del siglo XIX.


La pandemia está poniendo en juego nuestro mundo, igual que La Gloriosa, revolución en la que arranca la obra literaria de Galdós, amenazó con socavar en 1869 los cimientos de aquel corrupto sistema de las Españas. Sistema que sobrevivió no obstante con la llegada de la primera Restauración borbónica y se prolongó hasta el advenimiento de la II República.


República, guerra incivil, 40 años de franquismo, segunda restauración borbónica y democracia… Y ahora el coronavirus, emergencia sanitaria, sí, y negrísimos nubarrones en lo económico, pois, pois.