Lunes de Pascua, de aguas y meriendas en Villarino

Crónica de una festividad que se pierde en el tiempo, con visita de Miguel de Unamuno a Villarino de los Aires

Celebración de la romería en 1902

El Lunes de Pascua, también llamado de Aguas -en algunos lugares, Día del Teso o del Hornazo- desde tiempos que se pierden en la historia, se ha convertido en una festividad, mitad ocio mitad devoción, que se vive con gran trascendencia, sobre todo en Villarino de los Aires -donde se centrará el viajero, y también en Yecla de Yeltes -donde se traslada la imagen de la Virgen del Castillo desde el castro de Yecla la Vieja hasta la iglesia parroquial-.

En Villarino de los Aires -de arraigadas costumbres, que se pierden con la misma intensidad que la esencia de municipio- tiene, aunque mejor tenía, una de sus citas más emblemáticas de celebraciones del ciclo anual de fiestas y romerías- en conocido Día del Hornazo o Lunes de Hornazo. Familias enteras, grupos de amigos, pandas, pandillas, peñas y los que van a ver qué pasa, suben al Teso de San Cristóbal -que dista unos cuatro kilómetros del casco urbano- para comer el hornazo que pringa la grasa coloreada de pimentón, aunque en estos días son más los asados que los hornazos.

El lugar, donde según estudios antropológicos y arqueológicos acogió un castro vetón, al margen de su trascendencia social en la colectividad vecinal de Villarino, sobresale como un exabrupto de rocas y matorral en el confín de la meseta para caer en vertical hacia el Tormes que, parsimonioso y escaso, camina hacia Ambasaguas donde vomita sus aguas al Duero.

Este promontorio posee una roca ovalada bamboleante que descuella en lo más alto del montículo, una roca sobre otro cúmulo de rocas, donde antaño se izaba el pendón o la bandera para anunciar la confirmación de identidad local y anunciar la fiesta, que plantaban los mozos en las claras del día. Hogaño, una mata de carrasco anuncia el Lunes de Aguas y sus meriendas. Una celebración gastronómica cercana en el tiempo. Antiguamente sólo se celebraba la romería de San Cristóbal -no el Lunes de Pascua-, a primeros de mayo, en la que los mulos, asnos y demás caballerías, con sus anguarinas o tirando de los carros, eran enjabegados para lucir en sutil desafío en pos de la belleza en el regreso al pueblo. Por contra, el Día del Hornazo, como celebración gastronómica para dar fin a las abstinencias de Cuaresma, tenía en el Valle del Palacio o el Teso de la Rachia su lugar de acogida.

Unamuno y la romería de Villarino

Describía Miguel de Unamuno, en un viaje por Los Arribes y en su trayecto entre Fermoselle y Villarino, en 1902: “Antes de entrar en Villarino, a poco de haber subido el Tormes, nos desviamos para montar al teso de San Cristóbal, en que se celebraba aquel día, uno o dos de mayo, romería. Y no la olvidaremos nunca, pues la llevamos agarrada a los hondones de la retina del espíritu. En aquel teso de piedras, como amontonadas para contemplar más piedra, crecen azucenas, y allí, ante la ermita, en una explanada, bailan mozos y mozas, a la vista de las vastas soledades. Ellos de traje pardo, oscuro, y ellas con sus refajos y dengues gualdos, rojos, verdes o morados, parecían al danzar acordadamente, al compás del tamboril, gigantescas flores de retama, brezo y azucena, sacudidas por un viento loco. Era el palpitar de la vida en el regazo de la ceñuda Castilla. Un enorme berrueco, casi redondo, coronado por una banderita, presidía la fiesta”. (Los Arribes del Duero, ‘Hojas Selectas’ 1905).

En estos tiempos de ahora, de modernismos foráneos y paellas y músicas estridentes y vacas y hamacas, los vecinos acuden temprano para coger el mejor rincón -muchos lo hacen el Domingo de Resurección por eso de las mini vacaciones- y prender las hogueras que, a media mañana, humean por doquier con fuerte sabor a caña, romero, tomillo y ramo. Los más fervientes naturalistas disfrutan en la observación de los miradores naturales unas perspectivas imposibles, de confines que se difunden en el horizonte difíciles de definir. Son la Peña el Pendón -el berrueco donde se plantaba la bandera-, pero también El balcón de Pilatos, sobre el Tormes en su descenso cansino, casi muerto de la presa de Almendra, en su línea divisoria salmantina/zamorana. Lugares para la historia que hablan de justicia y ajusticiamiento, de despeños y perdones.

Si la meteorología acompaña -más en estos tiempos que antaño-, los vecinos dan buena cuenta de asados y vino de la tierra, embutidos y hornazos, que empujan a la diversión y a la chanza. Además, el Ayuntamiento ha construido una coqueta plaza de tientas donde se celebran capeas populares, donde una charanguita invita a bailar, una jota, el pasodoble o la cumbia de rigor.

FOTOS LUIS FALCAO Y ARCHIVO

 

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