Tan solo un detalle define nuestra existencia

Los escritores son esos seres que cuenta la vida a través de palabras, a las que se aferran para derrotar el tiempo.

En mala hora se inventó ese instrumento oscuro que llamamos imprenta. Ha servido para facilitar la difusión del pensamiento y la cultura; las artes y las ciencias, las ideas peligrosas y todo aquello que pervierte al género humano… Con lo que los espíritus humanos pervertidos se han extendido como una plaga. Se acabó el paraíso.

Si compra un libro no lo lea, déjelo, no se acerque. No sea que su embrujo le obligue a ojearlo, y a caer en el más estéril de los onanismos. La lectura y el saber, decían, sólo os hará más desgraciados. Leyendo no se sale de la ignorancia, sólo aumenta. La paz espiritual se verá afectada por las ideas que habréis leído, y las preguntas sin respuesta que os haréis.

La necesidad de instruirse se la debemos al error fatal de Sócrates, filósofo griego del siglo V ac. Este hombre que nunca escribió nada, habló demasiado. Era un pensador que afirmaba que “no sabía nada, pero que, precisamente por eso quería saber”. Creía que si adquiría consciencia de la propia ignorancia, esto le haría nacer el deseo de saber. Creía que asi adquiriría amor a la sabiduría, que es el que caracteriza a la filosofía la más peligrosa e insana de las locuras intelectuales.

Los griegos, no le hicieron caso, y lo condenaron a muerte, acusándolo con acierto de pervertir a la juventud con sofismas peligrosos y enredos; pero su influencia ha sido importante, en efecto, bajo su dirección, y por culpa de un discípulo un tal Aristóteles, y de Platón. En lugar de ser ignorantes a secas, ahora lo somos pero presuntuosos.

Creemos que el conocimiento de la propia ignorancia, acompañado con el delirio de la lectura, nos hace más sabios, pero en realidad tan sólo nos hace vanidosos.

Milan Kundera, cuando escribía sobre la inmortalidad, recordaba que una persona insigne puede tener la poca fortuna de ser recordada por una muerte ridícula o peculiar. Pasar a la posteridad por un patinazo en la bañera, por una cornisa mal cementada, por un accidente de coche fortuito, por un penoso infarto en un triste hotel, etc… Morir por modos poco brillantes e inesperados es una paradoja cruel. Las generaciones venideras se acordarán de tal o cual sujeto por un hecho fortuito y no por una trayectoria de vida.

Séneca se suicidó lentamente en la bañera, de mármol, a la romana, mientras su mujer la joven Paulina se desangraba lentamente a su lado, aunque a ella pudieron salvarla. Nunca se le recuerda por ser el padre de una de las obras más fascinantes de occidente. Nadie nos pertenece salvo en la memoria. Solo el tiempo y esta memoria es capaz de juzgarnos con la imprecisa perfección que el azar atesora. Tan solo un detalle, un instante, un segundo de vida o muerte, puede definir nuestros buenos o malos propósitos, nuestra existencia, como un resumen macabro.

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