Las tres cosas más difíciles de esta vida

Empieza la legislatura lastrada más que un pesquero viejo lleno de lapas. Benjamín Franklin afirmaba que: “Las tres cosas más difíciles de esta vida son: guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo”. El campo está sembrado.

Mientras por otro lado asistimos a un populismo decadente ascendente que pretende acaparar el desencanto de la juventud. La mayoría de los jóvenes poco estudiados detestan el orden establecido, pues sin conocimiento no hay futuro dentro del sistema. Pasan de los políticos. Abominan la cultura del éxito. Rechazan a los emigrantes, y acaban abrazando el credo de la violencia cuyo lema es la frustración.

El producto bastardo de la cultura del triunfo, de la soberbia y del mal gobierno de cualquier estado son los marginados. Los hijos del fracaso. Grupos de inadaptados cuyas señas de identidad fueron el cuero y la litrona, y hoy en día es el botellón.

Los valores tradicionales están en crisis o van optando por desaparecer de manera dirigida, para que el que se va formando al margen se sienta tranquilo en su fracaso. La sociedad no ha logrado, ni puede hacer que los valores, en definitiva los deberes ciudadanos, impregnen a la población.

Los siete años más nefastos de la historia de España, y quinquenio que llevamos para remontar la crisis, no han servido para que los gobernantes hicieran por mitigar las diferencias socio-económicas y culturales entre clases sociales. El consumo frente a la insolidaridad va imponiéndose en todos los países occidentales. Muchos jóvenes a la falta de educación e instrucción deben sumar la falta de expectativas.

La violencia que genera el falso mensaje del falso populismo está a flor de piel, basta que alguna soflama del falso profeta prenda en una violencia sin sentido. En el clímax de la angustia o la desesperanza vemos al mundo naufragar, este conocimiento de la nada convierte al hombre en lugarteniente de la nada. Toda la existencia consiste en el esfuerzo de tener en la mente ese posible naufragio, o bien censurarlo, de vivirlo como acto de conocimiento o humillación, como alienación preparada por fuerzas hostiles. El mal o la nada se convierte en algo externo al grupo que se autoproclama salvado y salvador.

Así el aterrorizado o humillado se convierte en terrorista o combatiente. Todo ello en las más versiones del integrismo populista: nazi, comunista, islamista, etc… Es la tentación recurrente para declarar superado el problema del mal. Los integristas o populistas no quieren ser malvados pero acaban abatiendo al que se opone a tal bien, el suyo o el de ellos.

La voluntad destructiva de los humillados, o falso humillados por su propia incapacidad, es una destructividad nihilista permanente, es el deseo de consolarse con buenas noticias. Es la convicción de que su nuevo mundo podrá prescindir de la ética, de las prohibiciones y transformarse en impermeable al mal y al pecado. El populismo es un veneno sutil e insidioso.

La actual corriente populista o podemoprogresista pretende actuar teniendo en la mente un hombre y una mujer modelo, pues no pueden evitar ser sexistas y marginar a las personas por edades, además de una idea de bienestar a la que hay que llegar sin importar los medios, aunque lleven a la destrucción del Estado, frente a la idea clásica de que hay que hacer frente a los fracasos para vivir sin fracasar.

La legislatura será dura para el Gobierno y para los españoles. De momento la mejor ley de educación de toda la democracia ha sido paralizada. Los que la hemos estudiado y aplicado lo sabemos, el resto clase política incluida ni se la han bajado de la web y menos leído. Así asistiremos un día sí y otro también a un ataque frontal al ejecutivo.

Parece que nos acostumbramos a no hacer lo que tenemos que hacer. A no decir nunca justo lo que queremos decir. Así que probablemente tampoco pensamos ya lo que queremos pensar.

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