Trump, el reflejo de un final

La victoria de Donald Trump deja tantas o más dudas que si hubiera vencido la Sra. de Clinton y sólo el tiempo nos dirá si la elección ha sido para bien o no, pues aún cuando sus formas, sus expresiones y muchos de sus gestos son absolutamente inasumibles, la esposa de Clinton, en sus hechos, no era precisamente mucho mejor, ni más tranquilizadora. El miedo a Trump debe de ser similar al miedo a Hillary, sobre todo en una nación en la que el control de poder es norma, la organización administrativa está conformada de forma muy independiente y las locuras están muy controladas.

Lo único claro en este proceso, desde que empezó, es la ínfima capacitación moral, ética y de liderazgo de ambos magnates en liza, así como su falta de visión política de futuro, la inexistencia de visión general y de Estado y su coincidente visión de su propio y personal ombligo por encima de los intereses de los ciudadanos y de la Nación.

Ambos son el fruto de una sociedad podrida, de un final de ciclo y de desmoronamiento de una civilización, entendida como hasta el presente, en la que las élites desdeñan a los ciudadanos a los que consideran sólo y exclusivamente necesarios para sus beneficios, a los que han drogado con el bienestar y la falta de criterio para hacer de ellos autómatas lobotomizados.

Dada la cruel visión de los seres humanos que tienen sus élites y la incapacidad de estos de parir líderes solventes, pero fruto de un permanente estado de enfado, de indignación y necesitados de un cambio que les permita desarrollarse en plenitud, nacen patéticas figuras populistas que no vienen a cambiar las cosas, sino a obtener un beneficio con esas soflamas de cambio.

Es triste observar cómo la ciudadanía se deja engañar por el manejo de sus sentimientos de irritación o furia que les hace ver a estos “salva patrias” como líderes que les harán resurgir, pero que, además de engañarnos, nos pueden hacer mucho daño.

Es evidente que la situación social, política y económica precisa de cambios que deben de realizarse desde la solvencia, la seriedad y la serenidad que nos acomode en posiciones más justas, más sólidas, más humanas y que posibiliten un mayor desarrollo del individuo en todas sus facetas, pero eso no se obtendrá con la algarada, con el insulto, con la crispación, con la manipulación demagógica del sanguinolento estado de los ciudadanos, ni con miradas a pasados superados, ni con fórmulas que se presenten como liberadoras por medio de la confrontación revolucionaria de cualquier signo.

No observo que la solución sea el extremismo de la política en Francia, Grecia, España o Estados Unidos con el nacimiento del Lepenismo, la Podemización, la Syrización o el Trumpismo como confrontadores con el establishment, como formadores de un momento de transición hacia el nuevo futuro, que dicen albergar, por medio de la ruptura y de la agresión, que nos defraudará, más pronto que tarde, y nos hará más daño que beneficio, sin el más mínimo género de dudas. Por ello, considero que el cambio debe de producirse desde una transición pacífica, sosegada, meditada, conformada por la fuerza de los ciudadanos, pero sin la ruptura total, sino desde la regeneración, la transformación tranquila.

La nueva era ya está aquí, no tiene freno, no debe de invadirnos el miedo, pero debemos de ser prudentes, medidos y buscar soluciones de libertad no de totalitarismo, de austeridad política, de ilusión por el nacimiento de algo nuevo, democráticamente obtenido, creado y desarrollado, y con la responsabilidad de que ello sólo puede ser para mejorar.

Creo que ahora la utopía es posible si somos capaces de hacerla posible y no dejamos que los populismos nos lleven a la desafección y a la desesperación por haberlo intentado y no obtenido, pueden ser la llave que nos abra la puerta, pero no les debemos dejar entrar.

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