La verdadera solidaridad

Hoy en día al abrir cualquier periódico o medio digital vemos como curiosidad mil y un artículos de psicología que intentan darnos solución a nuestros problemas. Son como los antiguos horóscopos de los periódicos de papel que los leías y te creías que ese día ibas a tener buena suerte, aunque todos sabíamos que los compraban los periódicos a ciento el bocado, y si no se los inventaba uno de la redacción.

Se constata de esta forma que cuando afrontamos las etapas más difíciles de nuestra vida parece que quieren hacernos recurrir cada vez más a la psiquiatría, aunque el convertir el sufrimiento en enfermedad no es la mejor solución para seguir adelante. Tampoco, el trastear en las redes sociales nos va a aportar la socialización ni una ayuda humana y eficaz.

La forma de atacar las tragedias con ayuda de la psicología sigue un guión en el que se repite el que el dolor es transitorio aunque nos hayan arruinado la vida. Lo que nos hace pensar que cada vez más podemos cuestionar las técnicas psicológicas para contener el duelo del no creyente en los casos extremos, o para afrontar las penalidades de la vida, como una enfermedad grave, quedarse en el paro, muerte, enfermedad o rupturas sentimentales…

Sabido es que el cristianismo a través de la oración, desde sus formas más infantiles, es una estrategia, sin duda, para protegerse de la desgracia. En sus formas más maduras resumidas en la oración del Padrenuestro, “hágase tu voluntad…”, constituye el consuelo perfecto contra el infortunio transformando cualquier crisis en un suceso aceptable al otorgarle la esperanza de que algún día todo será  mejor junto a Dios. Desligarse de la egolatría, imperante en nuestros días, para abrirse a la insignificancia propia, y aceptar el papel que nos da la Iglesia,  y que tenemos como cristianos,  es la defensa ideal para adquirir serenidad frente a la muerte y a las situaciones extremas.

Enfrentarse a la desgracia desde el materialismo del ateo es complicado o, por qué no, absurdo. El azar carece de significado, y la tragedia debe aceptarse sin más. La falta de creencias, o la lúcida amargura, al final nutrirá la falta de coraje que nutre la fantasía psicoterapéutica con la que todos los días nos bombardean desde todos los medios de comunicación.

La sociedad heredera de los principios de la revolución francesa empieza a estar cuestionada, y cada vez más nos preguntamos sobre la importancia de la religión para afrontar nuestras vidas. La desgracia y el consuelo personalizado y la empatía mercenaria, por dinero, personificada por el psicólogo, que, a manera de plañidera o de pozo sin fondo, moviliza el Estado para representar la liturgia prescrita en el manual está cada vez más obsoleta.

Pero si la ayuda profesional puede ser contraproducente en situaciones de grave estrés ¿qué alternativa nos queda en las sociedades actuales donde no quedan los vínculos tradicionales que amortiguaban el dolor? Puede que con las redes sociales podamos crear de nuevo los vínculos sociales referidos al dolor de las víctimas, al compadecernos con otras personas y al hacer emerger vínculos informales, y transformar el sin sentido en solidaridad

La Iglesia cristiana siempre ha sabido crear una subjetividad colectiva que aporta un vínculo afectivo entre sus miembros que los protege de la desesperación. El cristianismo vivido plenamente deja en entredicho la omnipotencia técnica del psicólogo. Vemos en este hecho que el hombre desde su espíritu y desde el poder de la comunidad, la iglesia, es capaz de reconstruir el arte de consolar o aliviar el dolor. Al poner en común los problemas o el dolor, la memoria colectiva de los vivos recoge el testigo de los que se fueron, y hace que continuemos nuestras vidas con más fuerza sin abandonarnos al abatimiento.

El hedonismo, y el irnos de vacaciones,  receta tan patente en nuestra sociedad y en la de los psicólogos no es ya del todo válida. La solidaridad heredada del cristianismo es muy importante en estos tiempos. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, una gota puede mover un océano. Seamos solidarios y no dejemos solos a los que sufren. Este es sin duda el mensaje que Cristo nos enseñó, no debemos olvidarlo.

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