Desradicalización

Que nos encontramos en un momento de crisis, transformación y cambio, no es discutible y que, cuando estamos en uno de esos procesos, la tensión, la crispación y los nervios se encuentran a flor de piel, es igualmente algo normal.

Los procesos de transformación son, como la adolescencia, momentos de alteración de las hormonas que no permiten tener una visión certera de la realidad y hacen que se hiperdimensionen la situaciones. Si, a ello, añadimos que en el ámbito externo existen agentes que sacan rédito y ventaja de la exaltación, es claro que la situación se empeora, se cronifica y la solución se dificulta.

Que en España (Europa, el mundo) estamos viviendo un momento en el que deseamos una regeneración social, económica y política que nos permita desarrollarnos y desarrollar nuestro proyecto de vida en libertad, tranquilidad y justicia, creo que es una evidencia, como lo es que los políticos del momento no están dando la talla, ni liderando, de forma eficiente, esos cambios, esas nuevas formas de actuar, por las que el político sea temporal, sea honrado, no goce de privilegios ni en el foro, ni en la economía, ni en las pensiones, ni en sus emolumentos que deberían de ser unos, transparentes, excelentes y acordes a la responsabilidad que asuma y le sea exigible.

Debemos de exigir, y obtener, de nuestras élites dirigentes un cambio hacia la honradez, la coherencia, la libertad, el control y el auténtico servicio público, así como un trabajo sosegado, tranquilizador, solvente y carente de crispación que permita conseguir los mejores resultados.

Estamos todos acostumbrándonos a tener que tomar decisiones a la carrera, de forma inmediata, sin la paz y tranquilidad precisa, sin la meditación que las cosas obligan, pues las decisiones certeras están siempre tomadas en la frialdad de la reflexión y fuera del calor de la batalla, que siempre es mala consejera, pues el humo de los cañones impide ver el alcance de los daños. Solo el terrorista, el cobarde, el débil, saca ventaja temporal del movimiento meditado, pues golpea en el momento de atontamiento del fuerte, en el del impacto inesperado; pero, esa aparente victoria, no es más que temporal, pues la fuerza, la inteligencia y la pausada pero inexorable actuación de la inteligencia siempre obtiene, al final, la victoria.

Hoy, hay quienes alardean de antisistemas, de azotar a las mujeres hasta que sangren, de salir de cacería del que no piensa como él, de no creer en el funcionamiento democrático de nuestras instituciones, de alentar la amordaza a los periodistas, de insultar al disidente, de intentar desmoronar España, de entender a los terroristas, de reabrir heridas ya cerradas, de recuperar el pasado para volver al pasado y cambiar el pasado…, podía estar así un buen rato, pero, al final, se limita a buscar el poder absoluto engañando al irritado que, sin pensar, le gusta escuchar que acabarán con los poderosos, sin darse cuenta que quien dice defenderle será el que le estrangule en el momento que pueda.

Que los cambios son precisos, es evidente, que la responsabilidad es algo que resulta molesto y difícil de ejercer, no lo dudemos, pero que sólo con la “desradicalización” de la política, de la vida social y exigiendo responsabilidades desde la tranquilidad, la inteligencia y de forma radical, que no radicalizada, obtendremos las transformaciones que deseamos y que urgimos.

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