Alce, reno y otros bichos del lugar

El viejo alce caminaba por entre los matorrales, asomando una preciosa cornamenta que todos envidiaban y olvidaban las heridas, los daños y sufrimientos padecidos, hasta el momento, para conseguirla. Ese alce caminó con fuerza durante los primeros años, y por largo tiempo, en las montañas nuevas, con tanta fuerza que él se hacía las heridas y comía de donde no debía y, por eso, estuvo entre la vida y la muerte, por un envenenamiento, tiempo que aprovechó un reno, también nuevo, en ocupar su lugar y montar a sus hembras.

El reno se hizo fuerte, se embebió de gloria y de placer, convencido de que no habría animal que lo sustituyese; hasta que, un 11 de marzo, un cazador le hirió de muerte, momento que aprovechó el alce, aún no curado, para marcar con sus pezuñas el territorio.

¡Pobre estúpido! Su fuerza era irreal, sus movimientos lo único que hacían era radicalizar a la manada, remover tierras ya pisadas, hocicar en terrenos ya superados y fortalecer animalillos ya pacificados, negó la realidad, amordazó a los mozos del lugar y volvió a caer fruto de su falta de visión, de fuerza y de recuperación.

Nuevamente, el reno, más viejo, más duro y, pese a todo, menos sabio, recuperó el terreno, engañó a los más jóvenes, mintió a la hembras, traicionó a los que le ayudaron, se comió la hierba, mientras a los suyos prometía tierra nueva y obligaba a pasar hambre y, como buen tahúr, los mantuvo con el soma dentro de la manada.

En esto, algunos de sus hijos quisieron aleccionarlo y los hizo desaparecer; otros animales se sublevaron y surgieron nuevas manadas de hienas, que sólo querían matar a la recua y acabar con la tierra, de murciélagos que no ven por dónde andan, hacen ruido, devanean por un lado y por otro, pero no saben dónde dirigirse.

De este modo, el alce está herido, las hienas esperan comérselo más pronto que tarde, los murciélagos ora le ayudan, ora le apuñalan  y, entre tanto, el reno, fuerte, con más cornamenta y astucia, deja que acaben con él, manteniendo el engaño, acallando a los que intentan decir algo, esperando, esperando y esperando para quedarse de macho alfa del lugar, aunque ya la verga no tenga la utilidad que debiera.

Finalmente, el alce se rompe, se resquebraja, se desploma, se ve obligado a retirarse a morir, o curarse definitivamente, mientras las hienas le persiguen, los murciélagos devanean y el reno se cree que con esto será el nuevo dueño del lugar, olvidando que él está envenenado, tiene profundas heridas y necesita o regenerarse, curarse y cambiar o el tiempo del alce será del reno y entonces será el llorar y rechinar de dientes.

¡Joder! salimos de la gruta, se nos llenan los pulmones de oxígeno, luz e ilusión y … montamos un circo y nos crecen los enanos. Para coger a todos los animales y enviarlos al zoo.

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