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Miguel Mayoral Guiu

La clase trabajadora puede equivocarse al dar su voto, los ciudadanos, y como son mayoría pueden no acertar al elegir sus gobernantes, pero igualmente, en cualquier momento, pueden decidirse acertar. También pueden hacer fracasar la investidura de un gobierno, y obligar a convocar nuevas elecciones

Es algo que a tener muy presente por los llamados a gobernar y por ello parece, en principio, obligado considerar el reparto equitativo de cargas y beneficios, es decir buscar un consenso, un pacto menos malo para todos. Algo muy distinto de la actitud que ha primado hasta ahora.

El “Cambio de la Ceja” llego al poder cuando este país estaba necesitado de nuevos héroes, con minúscula, hasta cierto punto populares en los que reflejarse y que, a su vez, se hicieran depositarios de su confianza, al menos en teoría.

Umberto Eco afirmaba que los héroes populares tranquilizan la conciencia de la colectividad. Parece que el principio de nuestra democracia y la fe en el grado de cumplimiento de las promesas electorales estaba intacta por la gestión de ocho años del Partido Popular.

Por ello fue posible que se mitificase a quienes ganaron las elecciones, ya que las circunstancias llevaron a que éstos no tuvieran ningún bagaje de gobierno o de experiencia de gestión susceptibles de ser valorados, salvo un programa atractivo que todavía debía demostrar su viabilidad y si realmente se basaba en un análisis exhaustivo de la realidad.

Pretendieron defender los intereses de las clases desfavorecidas que justificaban sus discursos desde la oposición. Las responsabilidades siempre cambian la visión de la realidad. Así pasaron de un supuesto pragmatismo aplicado a la labor de oposición, al que se practica cuando se tiene el poder de obtener más poder para tratar de no perderlo.

La memoria colectiva es escasa, y poco efectiva, aunque subyacen ciertas estructuras mentales. La rapidez con la que se han sucedido los acontecimientos y los escándalos hace que no puedan fijarse suficientemente lo positivo y lo negativo de lo que ocurre y recordarlo. Se sabe todo sin recordar mucho.

Muchos fueron los que llegaron cortos de equipaje y nos dijeron que cuando se fueran lo harían de la misma forma. Máxima del poeta que, desde su punto de vista, les otorgaba una legitimidad de la que carecían los demás.

Pero la legitimidad debe ser bien administrada, ya que es un cheque en blanco que otorga la ciudadanía a quien gobierna durante un determinado tiempo para que defienda sus intereses. Con el tiempo la frase del poeta empezó a estorbar, al no buscarse nuevas fuentes literarias y cuando se ensanchó la distancia entre los admiradores y sus comportamientos.

Luego llego de nuevo el PP con las rebajas y los recortes. Y un sin número de ataques a su labor política y dedicación al bienestar general de los ciudadanos, a través de temas que no tienen que ver con ella de forma directa, sino a través de terceros, que están fuera del juego político.

No cabe duda que el país ha tenido y tiene que luchar por mantenerse dentro de una economía difícil y cada vez más global, pero no se ha sabido crear una clase media social amplia y acompañarla de un nuevo mensaje moral o ético para ir más allá, para cambiar verdaderamente.

La cultura con mayúscula llena de contenido se ha dejado un poco de lado cuando no se la ha necesitado como eslogan. La política cultural en España “ha sido de escaparate” y se ha centrado en crear infraestructuras sin llenarlas de contenido.

Incluso los protagonistas de la cultura se nos muestran vacíos de contenido y faltos de vergüenza propia y ajena en los homenajes que reciben. Su discurso es en muchas ocasiones vacuo y soez. Nadie nos garantiza que no vayamos camino de repetir el tan mal recordado desencanto que invadió a la sociedad a partir de la crisis de 1898.

Se ha tenido la importante tarea de regenerar a la sociedad pero desde la época del dinero fácil, en este país, donde los desheredados no se dedicaban a los negocios, sólo hemos podido sentarnos a ver subir los precios de las tres cosas de primera necesidad, el dinero, la vivienda, y la energía, y ver cómo iba descendiendo el poder adquisitivo de nuestros salarios, y la cultura con mayúsculas de la masa social del país.

Ahora, que quieren hacernos dudar del estado del bienestar parece inevitable pensar que la famosa lucha de clases, indiscutible, durante la revolución industrial y en el anterior cambio de siglo, está obsoleta. El actual momento social y económico tiene otros condicionamientos y se mueve bajo otras preocupaciones y signos.

Pero es posible que, ahora, conseguida en parte cierta dignidad física en las personas, empecemos a darnos cuenta que sí existe algo que defender o perder en el nivel ético y moral de nuestra sociedad. No se puede tolerar tanta inoperancia política, pues se traslada con una velocidad increíble a la masa social de los ciudadanos más jóvenes y de los adultos en general.

Hay que acordarse nuevamente del poeta y volvernos a llenar de contenido para que nadie le dé por llenarse de nuevo las alforjas y nos las toque pagar de nuevo.

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