Educación, formación y trabajo

Al comienzo de la película “El club de los Poetas Muertos”, los alumnos de un distinguido centro formativo desfilan con los estandartes de los valores que defiende la institución: La tradición, la disciplina, el honor y la búsqueda de la excelencia.

De vuelta al colegio, los muchachos, ilusionados, nerviosos y un poco compungidos por el fin vacacional, comienzan a desarrollar su actividad, un trabajo que les lleva mucho tiempo, demasiado tiempo. Tienen más horas lectivas que cualquiera de sus profesores y, cuando llegan a su casa, les corresponde una actividad que no sólo supera la de sus maestros, sino incluso las de cualquier trabajador, que está protegido por una legislación laboral, por una sensibilidad social y por unos controles efectivos, pero sus hijos no tienen igual suerte.

Los pequeños sufren un sistema educativo titubeante, caótico, negligente, desarrollado de forma defectuosa, inapropiado, caro y cruel. Se ven sometidos a horarios draconianos, a pesos excesivos, a exigencias mal dirigidas y a planteamientos poco educativos que promueven una competitividad mal entendida y en los que la responsabilidad, el compañerismo, la honradez, han desaparecido en pos de un resultado a cualquier precio, en los que los padres han desistido de sus derechos, los profesionales han abandonado su obligación, las administraciones no saben qué hacer y los legisladores sólo buscan manipular a sus futuros electores. En el que la tradición educativa no es tenida en cuenta pese a que en el pasado dio buenos resultados, la disciplina y el respeto ha desaparecido, el honor no saben lo que es y la excelencia es un marchamo comercial que se afirma de uno mismo en lugar de ser afirmado por los demás, como debería de ser.

Somos el país de la OCDE que más dinero gasta en educación, por más que algunos perrillos se pongan a ladrar, somos el país que menos nivel educativo conseguimos, por más que nos empeñemos en decir que tenemos la juventud mejor formada, somos la nación que peor trata a sus educandos y que mejor viven los educadores, por más que mañana me lapiden algunos seudo formadores.

El derecho a la educación es un derecho ejercido por los padres como tutores de los niños objeto del mismo, que debe de ser garantizado por la Administración y en el que los formadores deben de colaborar. De este modo, los niveles formativos serán establecidos con carácter de mínimos por la administración, implementados de forma óptima por los profesionales que deberán de someterse al control de calidad de los padres y administración, buscando la excelencia, el esfuerzo, el compañerismo, y los valores democráticos entre los menores; pero, la educación debe de ser objetivo, obligación y deber de los padres que tendrán esa faceta en exclusiva, con el apoyo y colaboración, que nunca dirección, de los profesores.

Los pequeños deben de conocer el valor del esfuerzo y el sacrificio; pero, su horario, sus periodos de formación, no pueden, no deben de superar la jornada laboral de cualquier trabajador y debe de complementarse con amplios periodos de relax, de forma que trabajo, formación y diversión tengan su tiempo y los “deberes” no resulten un lastre decisivo.

Dejemos de utilizar, demagógicamente, la educación, de manipularla en beneficio de uno u otro sector y/o intereses, de auto engañarnos con que el dinero destinado a la educación es el mejor, pues sólo será el mejor si se invierte de verdad, si se utiliza de forma óptima y es inversión real; pues, hasta ahora, está siendo un grifo abierto que no sirve para nada.

Invertir en educación: SI; dilapidar o gastar en educación como hasta ahora: NO y, por tanto, establezcamos todos los controles precisos, caiga quien caiga.

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