El belicismo de Podemos

A contracorriente

Comparto el baño de realismo que acaban de darse los dirigentes de Podemos en su último análisis postelectoral: no es lo mismo agitar la calle que tener que gobernar. Les pasó algo parecido a sus predecesores anarquistas de hace 80 años, cuando Federica Montseny, García Oliver, Joan Peiró y Juan López entraron en el Gobierno de Largo Caballero. Claro que entonces había una guerra y que su presencia gubernamental apenas duró seis meses escasos.

No comparto, en cambio, el lenguaje bélico que le es tan querido a Pablo Iglesias y que a los pacifistas nos resulta tan inquietante. Para justificar el giro moderado (y copernicano) de su nueva política arguye que “no es lo mismo pasar de ser partisano (guerrillero) a ser un ejército regular”, manteniendo en cualquier caso una actitud verbal más militar que civil en los asuntos públicos.

Puede que sólo sea un lapsus linguae, aunque resulte sintomático. Es el mismo que le lleva a reconocer que ahora van a entrar en una “guerra de posiciones” o a afirmar que “los debates (políticos) sirven como trincheras”.

Esa maniática jerga belicista, insisto, quizás sólo responda a tics lingüísticos sin mayor trascendencia o a cierta fijación infantil por las hazañas bélicas, la misma que le llevó hace seis meses a pedir el Ministerio de Defensa, en un posible Gobierno compartido por Podemos, para su admirado general José Julio Rodríguez. Se hubiese tratado de una enorme marcha atrás desde que Rodríguez Sahagún fuese el primer civil en hacerse cargo del Ejército en el ya lejano 1977.

No quiero, sin embargo, sacar mayores consecuencias de un lenguaje enérgico con el que se pretende envolver una acción política reblandecida por las circunstancias y por el fracaso electoral. Todos sabemos que, por suerte, la democracia resulta aburrida, sin el sobresalto épico de las dictaduras. Como decía Winston Churchill, “la democracia es el sistema político en el cual, cuando alguien llama a la puerta de la calle a las seis de la mañana, se sabe que es el lechero”.

Ahora, ni eso, porque la leche la compramos en el supermercado.

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