Eduardo Álvarez Canet

El sol cruzaba la habitación de parte a parte de la misma, dejando únicamente una esquina en la penumbra. La estancia tenía una decoración que resultaba suntuosa a la par que gratamente acogedora, con un estilo clásico, pero con modernos toques que lo hacía muy actual.

En esa zona de penumbra, sentado, oculto, taciturno, se vislumbraba una imagen redonda, grande, que respiraba con dificultad y que parecía un enorme papá pitufo.  Él siempre quiso colocarse en la sección luminosa del recinto pero,  continuamente, por motivos propios o externos, se colocó, se acomodó, vivió y murió en esa lúgubre posición del crepúsculo. Él era aquel amigo al que, en mis primeras incursiones en la prensa, mencionaba como mi “gordo amigo”, un ser entrañable, que se hacía querer, lleno de defectos –como todos-, de ilusiones –como todos-, de amor por su familia y cargado de problemas, que siempre antepuso la familia, los amigos, a su propio ser que le traicionaba sin él querer por su mala cabeza, por su forma de hacer, por su forma de vivir.

Mentiroso patológico, y de difícil trato en algunas ocasiones, se lo perdonabas todo por ese inmenso corazón que, pese a su tremendo volumen, no le cabía en el pecho. Siempre cargó, sin pestañear, las culpas de otros, se enorgulleció de convertirse en el malo oficial para salvar aquello en lo que creía, aun cuando aquellos en quien creía le traicionasen, le apartasen o no reconociesen a los culpables de su desastre.

Por la vergüenza con la que vivía, por su falta de capacidad de mantener una conversación que pudiese zaherirle a él o a los que él consideraba los suyos, por una manera de entender la vida, muy peculiar, por… no sé por qué, se me fue, se marchó sin que tuviésemos esos diez minutos de conversación que todo buen amigo debe de tener.

Militar, gerente, comercial, escritor, liante o manipulador, amigo, todo, absolutamente todo lo que hacía, lo hacía con amor, con cariño, equivocado, sin sentido, pero por amor, siendo malo para sí mismo. Joder gordo, que te me has ido, que no te puedo volver a abrazar, que no me has dicho cosas que te has llevado. Gordo, mi gordo amigo, sé feliz allá donde estés, haznos un hueco, o mejor, espera que si vamos te ayudaremos a colocarte en el que realmente te mereces, esta vez sí en la luz, en la zona más luminosa, pues a buen seguro que ya la estás liando y al final volverás a la penumbra, por tu mala cabeza, sin merecerlo.

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