Tordesillas embiste

Pocas veces Castilla y León es noticia al otro lado de las fronteras cidianas. Se armó la marimorena el año pasado cuando Juan Vicente Herrera le dijo a Rajoy aquello de que se mirara al espejo para que le dijera si era o no el candidato adecuado. Ahora volvemos a ser noticia de alcance nacional e incluso internacional por el Toro de la Vega. “Tordesillas embiste” titulaba hoy La Vanguardia en plan sensacionalista, y se refería a la localidad vallisoletana como ciudad “atrincherada” en defensa de sus tradiciones, como si se tratara de una de esas desdichadas urbes sirias que resisten los crueles asedios de las tropas de al-Ásad o el Estado Islámico, ay.

Mira por dónde, el año pasado, a mediados de septiembre, asistimos por vez primera, como observador, al polémico torneo del Toro de la Vega. Lo que no barruntábamos entonces es que sería también el último en el que el toro sería ajusticiado a la vista de la plebe. Aquel infausto ‘Rompesuelas‘, ‘veleto’ y astifino, cuya muerte a la postre resultó inútil, porque el jurado decidió no entregar el trofeo al joven de León, Francisco Alcalá, alias Cachobo, de 21 años, que lo alanceó, al considerar que infringió las reglas estrictas del torneo.

Todavía tenemos caliente en la retina la imagen de Cachobo desfilando orgulloso a pie por la carretera, escoltado por decenas de personas a pie y a caballo, con los güevos del pobre ‘Rompesuelas’ ondeando en la pica como trofeo. También la batalla campal que se organizó en la rotonda del puente una hora antes cuando unas decenas de opositores al torneo (ecologistas, animalistas y así) se aposentaron en mitad del recorrido para impedir que se celebrara la fiesta. Llovían piedras, insultos, gritos y hostias por doquier. Y uno allí, jugándose absurdamente la vida, por grabar unas imágenes en el móvil, ay.

La Junta de Castilla y León ha aprobado un decreto que trata de quitar al Toro de la Vega el pelo de la dehesa y adaptar la fiesta a la sensibilidad general de nuestro tiempo. Una sensibilidad, dicho sea de paso, a menudo hipócrita y contradictoria, pues las pasiones a favor de un buen trato a los animales, con las que nos alineamos, no se despliegan luego con muchas personas necesitadas, como se está viendo con los desventurados refugiados que llegan de África, Siria, etcétera.

La Junta cidiana argumenta que el decreto no es una prohibición de la fiesta, sino todo lo contrario: una obligación para que los tordesillanos introduzcan modificaciones en el torneo, v.gr., que no se mate al toro a lanzazos, y que así la fiesta pueda seguir viva, cosa que no sucedería, a su juicio, manteniéndola con el esquema actual, que generaba esas broncas descomunales que abrían luego todos los telediarios de España y el extranjero.

La cuestión ahora es saber cómo quedará el torneo si el toro no puede ser alanceado, que era el meollo de la cosa. El paintball, o sea, ese juego o deporte en el que dos equipos se disparan con bolas de pintura, tan de moda en nuestros días, podría ser una solución en consonancia, cambiando las pistolas por lanzas que con la punta manchen al animal de rojo, por ejemplo.

El Toro de la Vega enfilaría por los derroteros de la cabra de Manganeses de la Polvorosa, la pava de Cazalilla (“¡La pava ya está aquí! ¡Sí, sí, sí! ¡La pava ya está aquí!”) o los pollos de plástico que han sustituido a los de verdad en la tradición de los ‘quintos’ de algunos pueblos de las Españas. O a la inversa, que el encierro se haga con un toro mecánico sobre raíles y los mozos, una vez que llegue al pinar, puedan alancearlo a degüello hasta que gasten todas sus energías.

Conque, los sucedáneos nos ‘entoñan’ sin remedio, ay. Y, otra duda: ¿Hacia dónde dirigirán ahora sus iras los grupos animalistas?

No hay comentarios

Dejar respuesta