El fiestorro comunero

TERRITORIO CIDIANO

“Castilla entera se siente comunera”, o así. Se profesa comunera mayormente por estas fechas, cuando se atisba en el calendario la proximidad del 23 de abril, Día de Castilla y León. Hasta nuestro amigo portugués Mario Correia, uno de los grandes etnógrafos de Portugal, galardonado con la medalla de oro de la cultura por el gobierno portugués, ha anunciado ya que este 23 de abril se desplazará desde Sendim, o sea, Miranda do Douro, hasta Villalar para participar en el fiestorro comunero.

Durante años, en el territorio cidiano se mantuvo viva la polémica de que la fiesta de la comunidad autónoma conmemorara precisamente una derrota, la de los comuneros, en vez de una victoria, que parecía lo apropiado. De hecho, el PP arisco de José María Aznar primero y Juan José Lucas después evitó siempre dejarse ver en Villalar, fiesta que por aquellos años, finales de los 80 y principios de los 90, se había convertido sobre todo en símbolo de las izquierdas diversas, fuerzas republicanas, partidos regionalistas, etcétera.

Hasta que Juan Vicente Herrera, a principios de este siglo, decidió poner fin a la querella. Juan Vicente se colocó al cuello la pañoleta morada y el 23 de abril de 2002 se plantó en Villalar, un hecho tan ‘revolucionario’ como la propia revuelta comunera que rompía una trayectoria de quince años de ausencia de un presidente de la Junta de Castilla y León en la fiesta popular de la autonomía.

La revuelta comunera ha sido el eje vertebral del simposio que se ha celebrado estos días en las Cortes de Castilla y León, promovido por la Fundación Villalar, cuya clausura se ha producido esta tarde con la brillante intervención del historiador hispano-francés Joseph Pérez.

Ante una nutrida y florida concurrencia, el profesor Pérez, de 82 años, se ha remontado a la República romana y a la Germania coetánea para explicar la causa (una de las muchas, quizás) de la Guerra de las Comunidades de Castilla. Las sociedades germánicas, universo del que procedía Carlos I de España y V de Alemania, eran proclives a la monarquía absoluta. En Roma, en cambio, la tendencia política era la ‘res pública’.

De este modo, los monarcas germánicos, como el famoso Armiño, que aniquiló a dos legiones romanas, tendían a considerar el reino como un patrimonio personal, frente al mundo romano, en el cual el reino era un bien comunitario. Según Joseph Pérez, la revuelta comunera prende cuando Carlos I se erige en monarca absoluto, por encima de las propias Cortes castellanas, que representaban al pueblo, es decir, el bien común, y se dispone a gobernar Castilla como si fuera su finca particular.

La tesis sugerente de Pérez no es nueva. En realidad, arranca del liberalismo del siglo XIX, que vio en los comuneros una llama lejana de ansias de libertad frente a la tiranía, un ejemplo de progreso a principios del siglo XVI.

Sin embargo, autores como Ángel Ganivet o Gregorio Marañón sostuvieron opiniones radicalmente distintas. Para ellos, los comuneros representaban una ideología conservadora que se oponía a cualquier cambio, frente a las ideas más modernas, aperturistas y europeas del joven Carlos I. En fin.

La verdad quizás esté en un punto intermedio, pues no parece que el ansia de libertad fuera el único móvil de la revuelta, sino que en ella confluyeron múltiples intereses, en muchos casos de tipo económico, pérdida de influencia por la imposición de gobernantes flamencos, etcétera.

En la actual autonomía de Castilla y León, el significado de Villalar se ha buscado siempre en sintonía con el que le dio el liberalismo. Tras la larga dictadura franquista, en 1983 el pueblo volvía a ser dueño de su destino eligiendo a sus representantes en las Cortes de Castilla y León. Después de varios siglos de tradición política germánica, con los Austrias primero, los Borbones después y los sucesivos golpes de estado que jalonaron el siglo XX, finalmente el territorio cidiano volvía a la senda romana: la ‘res pública’, al bien común, al reino como patrimonio de la comunidad.

Salvo que lo de ‘Hacienda somos todos’ resultó a la postre un eslogan publicitario grotesco. Hacienda sois vosotros, ay.

 

 

 

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