Ayúdame, no me etiquetes

Hace ya “vaitantos” que una pareja joven, feliz, con ganas de vivir, había conseguido tener la parejita: una niña especialmente buena, cariñosa, bonita, angelical y un niño guapo, fuerte, cariñoso, alegre y… de repente, tras unos primeros años de felicidad, en Navidad, muy próxima la Noche Buena, en el Centro Base les adelantan que su hijo podría tener autismo o algo parecido. Aún estoy viéndolos abrazados, frente a la chimenea, sentados en el sofá, llorando sin saber muy bien el alcance de la situación, pero conscientes de que su vida había cambiado de forma radical.

Comenzó un periplo que tenía dos caminos, uno el de la escolarización del pequeño, que se encontraba en una guardería con apoyo de un angel –una amiga de los padres- a la que nunca agradecerán bastante lo que hizo, pero como debía ser escolarizado lo sería con los “consejos” de la Junta. Y, otro, el de obtener un diagnóstico claro.

En la primera, los padres no querían estigmatizar al niño en un centro especial; pero, siguiendo el “asesoramiento” de la Administración, acudieron al infierno, se encontraron con el diablo y padecieron lo que nunca nadie será capaz de comprender. En la segunda, recorrieron medio país, gastaron lo que no tenían, pisaron donde no debieron, hasta que, finalmente, la Clínica de Navarra (el Dr. Narbona), tras identificar el autismo, pronosticó un futuro muy razonable y les remitió al Dr. Riviere, que ratificó lo dicho por el anterior y aconsejó una determinada terapia, poniéndose a disposición de los profesionales que cuidasen del niño para enseñarles, facilitarles el método, etc.

En el centro, Teresa Sanz Vicario, como “capitana” terapéutica, se negó a mantener una conversación con la profesional que había trabajado con el niño, a cumplir lo expuesto por Riviere, a que los padres pudiesen obtener informes de su hijo, ver cómo se trabajaba con él, en una clara política de ocultación y oscurantismo.

Cuando los padres protestaron fueron vilipendiados, insultados, perjudicados y dañados para, cuando estos quisieron responder, siempre con la voluntad por delante de no dañar a los demás niños, su hijo y su educación, ya estaban perjudicados.

Seguro que esos padres se equivocaron, que no dirigieron bien su lucha, que no es verdad lo que he relatado. Lo cierto y verdad es que a ese niño, hoy un hombre, le destrozaron su futuro, le truncaron su educación, por culpa de tener unos padres que querían lo mejor y con ello ponían en riesgo y evidencia los tenderetes que se habían montado una pandillita de ganapanes que si no hubieran tenido esa posibilidad se la habrían inventado.

En ese caminar truculento, triste, doloroso y muy duro, también hay luces, amigos que nunca recibirán lo mucho bueno que dieron, dan y sienten esos padres; pero, también hay zafias alimañas, alguna con poder, que, cada vez que pueden, intentan zaherir, y existen ratas almizcleras, repugnantes, que no sufrirán en su vida, ni tras ella, lo suficiente como para purgar su malicioso actuar.

Trabajemos en favor de la personas autistas, comprendamos su situación, apoyemos a sus familias, favorezcamos su desarrollo, implementemos ayudas económicas, sociales y políticas a quienes lo viven y acabemos con los que se aprovechan del dolor ajeno, los insensibles que se apuntan a la sensibilidad, los que alardean de sentimiento, profesionalidad, solidaridad y lo único que buscan es su lucro, su pan, su estómago, su promoción política o profesional. Servicios sociales, solidaridad y ayuda al que lo precisa SI, toda la que se pueda, pero sin dobles morales, sin usos espurios, de verdad, con el corazón.

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