Miguel Mayoral Guiu

A los de nuestras edad cuando estudiábamos primaria nos encantaba oír hablar de las gestas de Gravina y Churruca, y nos apenaba que muchos hubieran muerto en Trafalgar. Con el paso de los años algunos, incluso por esa admiración que sentíamos, con nuestros pocos años, hacia esos personajes legendarios, nos interesamos por la historia como profesión, otros por la profesión militar, etc., en definitiva por ser alguien de bien…

Hoy se echa en falta ese sentimiento, tanto en jóvenes como adultos. La sociedad está desorientada. Se escribe mucha literatura sin el debido rigor. No importa el tema. No se aporta nada. Que duda cabe que el escribir de historia siempre crea ambiente, como el hacer películas o visionarla que no son más que simples historietas, pues no captan la vida interior de los personajes, sino que se extrapola la vida interior del siglo XXI en personajes de otras épocas.

El rigor histórico siempre es de poca entidad, tan sólo cuentan los millones que cuesta el asunto o los que pueda producir. Destruyendo así el pasado y el futuro de nuestra sociedad. Lo fácil de un artículo, novela o película es que cualquiera puede conducir su historia a su antojo bajo los parámetros de un guión o intereses determinados, dirigiéndola en la dirección conveniente, y haciendo que de esta manera se llegue a enaltecer, y aun celebrar derrotas, calificándolas de honrosas, como punto final a un romanticismo inventado y en perpetuo recuerdo de un desastre.

Hay muchos progresistas, pseudointelectuales, y flojeras de pantalón que influenciados por la pesudohistoria, creada por un compedio de errores transmitidos que se han perpetuado a lo largo del tiempo, y han llegado a adquirir carta de naturaleza, que intentan sentar cátedra según van sus intereses. El ejemplo más claro son los neonacionalismos, o los neorepublicanismos.

La historia la hacen los historiadores. Los políticos hacen política, y realzan unos hechos y silencian otros según les va, y eso acaban generando grandes desencuentros. La gran dificultad que se crea al rodar la pelota es discernir luego unos de otros, para obtener la exacta y fidedigna realidad del pasado, ya que una vez elegidos y repetidos éstos adquieren tal fijeza, que los hechos relatados se transmiten inalterables, adquiriendo para muchos carácter dogmático.

En el caso de España y sobre todo en su historia reciente, predomina generalmente la falsedad y el error; evitando incluso buscar el motivo de la derrota, o la victoria. Sin llegar a ahondar en sus posibles causas. La cuenta con la historia, por consiguiente, es otra muy distinta, y siempre suele estar en el debe.

Para los españoles medianamente instruidos es difícil buscar el concepto político de las causas de los hechos históricos, donde estén condensadas las ideas y los objetivos de tal o cual situación, pues desde hace algunos siglos no dejamos de ser juguetes de los grandes intereses de otras naciones, de las intrigas políticas, y las incapacidades de nuestros gobiernos, así como de ideas importadas que no tienen nada que ver con nuestra sentir como españoles.

A día de hoy podemos afirmar desde la perspectiva de la historia sobre la actualidad: “si no sabemos, o no podemos alcanzar ningún acuerdo, o gobernanza, nos sobra razón para afirmar que seguimos igual de atrasados…”

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