Ascetismo

El ascetismo por obligación es una de las principales corrientes vitales de nuestros días.

Esa práctica que nos lleva a ir apagando las luces innecesarias, buscar las ofertas del supermercado, recortar los gastos en ropa, o limitar las cenas con amigos fuera de casa, y hablo de los más privilegiados, para poder llegar a fin de mes, nos está siendo impuesto por las circunstancias, pero eso no quita que nos inculque algo que habíamos olvidado.

Disfrutar de un paseo con el perro, releer un libro que nos gustó, pasar unas horas cocinando en casa sin costosas materias primas, pero con amor y dedicación, pasar más tiempo con los seres queridos, son entretenimientos que no nos tienen que hacer añorar los tiempos del despilfarro y que por el contrario, seguramente están reconciliando nuestro espíritu sin costarnos un euro.

Seguro que muchos encuentran en mis palabras una idea de conformismo y resignación con la que estarán en desacuerdo.

Seguramente una primera fase de la necesidad del control del gasto, de la austeridad y de la moderación pasa en primer lugar por la angustia, después por un ‘no queda más remedio’, y posiblemente sólo algunos, acabarán viendo en ello un camino de recuperación de valores, sentimientos y hábitos que habíamos perdido.

Por ello, no me conformo con un ascetismo, o exagerando menos, una austeridad obligada por los varapalos que las crisis, corrupciones y neoliberalismos nos han traído; es más, espero que vuelvan los tiempos en que los sueldos eran justos, el paro era casi anecdótico y el bienestar era la palabra con que se nos llenaba la boca a todos y sobre todo a los políticos, pero cuando vuelvan esos tiempos, ojala hayamos aprendido a vivir de otra manera, a valorar otras cosas y a invertir nuestro tiempo en cultivar el espíritu y nuestro dinero sea sólo necesario para vivir sin sobresaltos. Eso si será bienestar.

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