Qué pena

Cuando pones tu alma en cada cosa que haces, cuando estás convencido de que las cosas se pueden cambiar, cuando crees en las personas, cuando tu interés es demostrar que hay otra forma de hacer las cosas y que es posible hacer las cosas de otro modo, te resulta doloroso contemplar cómo nos empeñamos en seguir en la senda equivocada; cómo, quienes se dedican a dirigir los designios de los demás, se mimetizan con la estructura existente; cómo no se quiere cambiar; cómo te han engañado para no producir ni una sola modificación, conformados en haber alcanzado su punto más alto y conseguir, con ello, el más bajo de la institución a la que se encaraman.

Pena da ver el Colegio de Abogados de Salamanca, con toda su cúpula investigada (imputados se decía antes) por delitos que suponen la corrupción más descarada, y nada se dice, ni nadie hace nada para cambiar las cosas. Yo ya no pertenezco a ese colegio; pero, como abogado con más de 25 años de ejercicio, me entristece ver cómo la estructura hoy se demuestra corrupta. Cada palo que aguante su vela. ¡Qué vergüenza, qué pena!.

Entristece contemplar cómo el Ayuntamiento y Diputación se regodea en la ponzoña y que llegaron personas que se habían llenado la boca con el cambio, la regeneración y la transparencia y, al poco de auparse, te los encuentras y te dicen “yo ya conseguí un sueldo”, te enteras que llevan más de un año sin reunirse con sus afiliados o convocar asamblea de partido, se dedican a decir y decir, para no hacer o incluso para corromperse en el sistema corrupto. Aún recuerdo cómo algunos acudían a la sede del partido a cobrar el sobresueldo que se le entregaba por la diferencia salarial que padecían cuando pasaban de uno a otro cargo. Pobrecitos, qué pena me dan.

Acongoja sentarse ante el televisor y escuchar a nuestros representantes con un nivel intelectual de tasca de barrio, obsesionados con ser vicepresidentes, ministros de defensa o simplemente clavados al asiento que tanto les costó obtener engañando, mintiendo, manipulando y riéndose de sus vecinos, amigos y votantes. Eso sí, defienden las certeras puñaladas de recortes a quienes les votaron, mientras ellos no se aplican ni un solo recorte y viven apreturas con sueldos de sólo 10.000 €. Cómo sufren, pobrecitos.

Escuchar cómo aquellos que se postulan como modernidad se anclan en el pasado, se reflejan en el año 36, se obsesionan con una confrontación superada, en resucitar fantasmas del pasado o generar la más profunda de las inquinas de cuestiones no conocidas por ellos, pero que les sirven para su arano planteamiento de modernidad, en lugar de hablar del siglo 21, de la revolución de la ciencia, del futuro que deseamos para nuestros hijos, vuelven y vuelven a un pasado caduco, trasnochado y que ha demostrado su inconsistencia, dura y cruel realidad.

¿Para cuándo hablar de los problemas de los ciudadanos?, ¿para cuándo solucionar las angustias de los vecinos?, ¿para cuándo la humildad del trabajo trasformador en la honradez que conlleva su desarrollo?, ¿para cuándo demostrar que realmente podemos cambiar las cosas sin necesidad de necios que nos engañen?

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