El amor por un espacio vivido

Ambasaguas

Obcecado por olvidar estos tiempos de hipocresía política en este lado de la frontera, han caído en mis manos tres libros que me traen el amor por un lugar, el anhelo por el espacio ansiado, porque nunca se satisface un verso o una prosa por Portugal. O feitiço da vontade’, de Alfredo Pérez Alencart, el amigo, el poeta, el narrador, el ensayista oriundo que no tiene patria ni país, porque todo es una llegada abro os olhos,/ e desenlaço os limites/ a dois mundos que começan/ no preciso lugar da ausência/… Abro os olhos e traço o itinerário/ que alimenta o coraçao.

Los ojos de la memoria que van grabando vivencias de un lugar que nos une, que nos traslada a un mundo que ahora nos parece ¿perdido para siempre?, como diría el querido Miguel Torga, esa realidad literaria y personal rara, maravillosamente rara de un escritor sutil como las piedras que salpican el misterio de Trás os Montes, su patria y la mía.

Es que, como apunta José Saramago, la muerte no podrá borrar ninguna de las palabras que escribió Miguel. Porque el otorrino de San Martinho de Anta (Trás os Montes) es retina selectiva que acecha y escruta cuanto recorren sus piernas, siempre raudas en esa confusión entre lo real y lo sentido, la crítica y la emoción.

‘Portugal’, otro volumen que ha caído en mis manos de Miguel Torga (Adolfo Rocha en su partida de nacimiento) vuelve a trasladarme a esos lugares amados, a esos espacios vividos con el sentimiento y la lucidez interpretativa de quien es poesía, luz –como luz y cielo y azul es Portugal–. Porque Miguel, qué tardes cuando el sol estival fallecía sentados en las piedras viejas de la fuente de Sendim, fue el pasado que salió a mi encuentro en un ‘mar de piedras. Olas y olas petrificadas’ que traían con una fuerza inusitada el don de los ancestros.

Como llega ‘El señor Ventura’, ese hombre agarrado a su nostalgia, la ‘saudade’ que nos embarga por nuestros orígenes portugueses, que viaja incansable, como también Miguel por su Portugal y sus colonias, por esos mundos de Dios a la búsqueda de la fortuna.

Otra vez el pasado, como brisa ardiente en invierno, regresa a mi conciencia con el profundo amor a una tierra difícil pero bella de la que el destino me hizo descender y, ahora, en la entrada madurez, disfrutarla desde la profesión de viajero que escruta y anota, observa y escucha. Es el museo del tiempo que parece estancado. Es el tiempo mismo que viene hacia nosotros para hablarnos del pasado. Es la vida que, como aquel libro de nuestra adolescencia, sale al encuentro, cachis.

 

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