El lenguaje de los pobres

Más allá de vivir en un descenso de valores humanos y patrios en apariencia imparable, lastrados por pasadas gobernanzas de dudosa rentabilidad, por deudas inasumibles que nos hacen avanzar con el freno de mano puesto, por compromisos internacionales que no generan más que problemas y por la incompetencia de la cada día más alejada de cierta clase dirigente que nos desgobierna, falta de toda vocación política y de servicio a los demás (y nos enfrenta con otros tan desgraciados como nosotros), se hace necesaria una profunda reflexión sobre qué queremos, y adónde vamos, pues ya comienza a ser demasiado tarde

La búsqueda de las zonas erróneas de nuestra conducta política como nación a través de la historia nos permitiría quitarnos nuestros propios complejos y tender puentes hacia una realidad menos maquillada, a la par que aclarar temas que serían fáciles de superar si nos manejáramos con algo más de humildad. El bien común de la nación y de sus ciudadanos es lo que importa y está en juego. No podemos seguir tolerando una idea de España como concepto vacío. Hay que hacerlo respetar, y llenarlo de contenido, pese a quién pese ya que la historia es sólo una, la que fue.

En estos días en los que se está hablando y escribiendo como siempre sobre los anti cualquier cosa que tenga sentido común. Me ha llamado la atención que han venido utilizándose diferentes denominaciones para referirse a los “secuestradores de la democracia, de la patria o del bien común”. Es comprensible que la rapidez o la vehemencia que pueden aparecer en un debate radiofónico o televisivo, o el deseo de elaborar un texto que evite repeticiones, lleve a utilizar palabras del español que se toman vulgarmente por sinónimos aunque no significan exactamente lo mismo y, algunas, hasta lo contrario.

Ayuda a estas reflexiones referirse a los “buenos” y a los “malos” con todo su significado; es decir, a los que actúan en este lado de la ley y a los que actúan en el otro. Quien secuestra es un delincuente, luego, siguiendo lo fijado por la Real Academia Española, valdría decir “secuestrador”. Por ello, los piratas son piratas (definición exacta para quienes secuestran en el mar) y no ciudadanos. A cada cual lo suyo.

Hay otras palabras como verdad, solidaridad y esclavitud, que tienen negada la entrada, que son rechazadas en todos los puestos fronterizos, y cuya documentación confiscada es entregada a ciertos impostores como la globalización, la de algunos siempre los mismos, mercado libre y orden natural. La solución parece que es volver al lenguaje de los pobres. Con el que se puede contar y defender las verdades de siempre.

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