El MARCA de Cacabelos inaugura ‘En todas las casas cuecen habas…’

La exposición se podrá ver en el Museo Arqueológico de Cacabelos desde este 8 de abril hasta el próximo 29 de mayo

El Museo MARCA de Cacabelos propone con la exposición temporal ‘En todas las casas cuecen habas…’ que se inaugura este viernes 8 de abril trasladarnos a otros tiempos.   Se podrá conoceremos a través de piezas muy simbólicas cómo se vivía a principios de siglo gracias a 16 especiales miradas.

Con la exposición se quiere mostrar dos caras de una misma moneda: el mundo rural, los oficios tradicionales  y la alta sociedad de principios del siglo XX.

“Es  una exposición puramente emocional, basada en aquellas tiendas de ultramarinos de barrio, en aquellos emigrantes que viajaban a Cuba, a Argentina o a Venezuela en busca de un modo de vida mejor; un recuerdo y merecido homenaje a aquellos oficios tradicionales en el que no faltaba el barbero, el cura, el sastre, las lavanderas, la lechera, el maestro… y con un guiño significativo a la alta sociedad de Paris de 1920“destaca Silvia Blanco Iglesias, comisaria de la muestra.

Muchas veces se guarda en la memoria claros recuerdos de la infancia: el bizcocho que horneaba nuestra madre o abuela, la ropa blanca colocada en el armario con manzanas, membrillos o pastillas de jabón… ¡Qué tiempos aquellos!

Las tiendas de ultramarinos o de coloniales, forman parte del recuerdo. En ellas se  aproximaba un gran batiburrillo de aromas que invadía nuestro olfato, cuando nos mandaban a algún recado. La primera impresión, fuerte, la daba el bacalao, las negruzcas hojas de bacalao colgadas del techo. Otras sensaciones, éstas sí gratísimas: las especias. Los ultramarinos de barrio eran, sobre todo, eso: olores.

Un sinfín de objetos, latas, cajas de galletas colocados como si de un bodegón se tratara. ¿Más cosas? Pues sí, las máquinas de cortar fiambre, a manivela. O los tarros de cristal con amplia boca, cerrada con tapadera de rosca, en la que se exponían y guardaban los caramelos, sin envoltorio, que exhibían sus colores al deseo de los niños.

Otros elementos habituales eran la caja redonda de madera en la que lucían, colocados con esmero, aquellos arenques dorados procedentes de mares nórdicos, de olor penetrante. Y, sobre todo, aquellas máquinas para expender aceite, que a mí siempre me han recordado los antiguos surtidores de las viejas gasolineras, Eso sí: aquel aceite  olía más que nada a rancio.

En la planta baja, se ha recreado a través de las doce  grandes vitrinas 12 oficios tradicionales: el relojero, el médico, el sastre, el cura, la lavandera, el trabajo de casa, que era realizado siempre por mujeres incansables; incluidos algunos más pintorescos, como el de taxidermista o la  curandera.

Esa era la cara de cualquier pueblo de España: Cacabelos, Ponferrada, Bembibre o Madrid; bien distinta a las salas dedicadas a la alta sociedad de Francia. El reflejo de una vida acomodada, una vida de viajes: los canales de Venecia o la Alhambra de Granada o incluso la plaza Roja de Moscú. Una vida de lujo, de trabajo

Dos caras de una misma moneda. Pero, eso sí; en todas las casas cuecen habas, y en la mía a calderadas.

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