Lazarim, el susurro del agua

Ambasaguas

Sentado en la balconada de la habitación del CIMI (Centro Interpretativo de la Máscara Ibérica, tras una invitación de su director, Hélder Rui Ferreira) se escucha el murmullo del agua que rauda corre por ríos, regatos y surcos de la aldeia portuguesa de Lazarim, concejo de Lamego. Es el momento ideal, al frescor de la noche, para dar rienda suelta a los espíritus con la luna que asoma, llena, por las crestas da Serra de Montemuro. Porque Lazarim, donde los caretos y el Entrudo, es sierra, es agua, es naturaleza salvaje y pura.

El viajero no podía por menos, en esta noche de luna llena, recordar la tertulia en el rinconcito del Café Cantinho, que regenta desde hace 25 años la señora Lourdes, esa mujer esbelta, portuguesa de cuño que se negó a la fotografía, pero que habla y ríe con la felicidad de quien en estos parajes tiene todo sin tener nada. Ella, con esa sonrisa ufana de persona buena, no duda en echar un baile, si se tercia y honra visitar Lazarim, con Marcelo Rebelo de Sousa, casi nada, el señor presidente de la República.

Lazarim es una de las muchas aldeias del Portugal profundo, poblado de gentes nobles y trabajadoras, llenas de honra en estos parajes donde la vida transcurre lenta, como sin ruido. Solo los cauces de agua parecen tener prisa ladera abajo, o caer como pequeñas cascadas de paredón en paredón, son las normas aceptadas por la comunidad para que el bien llegue a todos.

Almerindo Carvalho y Celestina –que es hermana de la señora Lourdes y padres del amigo Paulo Fernandes, del que dicen canta muy bien fados, no en vano es cantante de la orquesta Arkadia– animan también la distentida tertulia de cuentos y vidas y lugares y gentes al serano de Lazarim. Son los cuentos de la montaña contados al frescor de la noche, con el café y la copa de Vinho Porto artesano de Almerindo y el bulbuceo perdido del agua que inunda huertos y frutales y da vida a los frondosos bosques castanheiros y frescor al pequeño grupo de rapaces que hacen de sus aguas piscina.

No podía menos que hablar de estas gentes perdidas en los confines de la tierra, donde no llega el estruendo de una sociedad enferma. Donde el mal no es otro que la mala cosecha y ese otro mal, cuando llega, para acompañar al alma en el viaje de no retorno. Es la sociedad primigenia de vida de subsistencia, donde la necesidad está saciada de paz, calidad de vida y felicidad a su manera.

Lo mismo las mujeres ríen y se divierten con una tediosa telenovela, como hacen con los cánticos en la cocina cuando el cabrito y el cordero con batatas y arroz para la fiesta de Santa Bárbara,  o a las puertas de las casas remendando calcetines y, las más de las veces, con el azadín al hombro para cambiar el agua de surco, porque aquí, dicen ellas, trabajan más que ellos. Es la vida en su propia naturaleza. Es la naturaleza hecha vida.

En la fresca tranquilidad de la noche, con la luna llenando de fantasmales sombras las laderas de la cercana serranía y el runrún del agua en su bravo serpentear molinos, predios y surcos, el viajero se da cuenta de que la felicidad depende, como muestra la naturaleza, menos de las cosas exteriores y más de las interiores, cachis.

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