¿Para qué sirven las elecciones?

El empecinamiento efectivo de nuestros principales líderes políticos (Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera) en que sigamos votando hasta que el resultado electoral salga de acuerdo con su conveniencia respectiva muestra muy poco apego a las normas democráticas.

¿Para qué sirven las elecciones en estas circunstancias?

Conforme a esta nueva y viciada práctica política, los sucesivos comicios no servirían en realidad para nada.

A nadie se le oculta la inmensa gravedad antidemocrática de semejante corolario.

Algunos, por edad, nos hemos pasado demasiados años sin poder votar durante la dictadura franquista. Por eso mismo, por aquella forzada abstinencia, le tenemos tanto afecto y respeto a la posibilidad de ir a las urnas. Nos parece algo tan importante y sagrado que su banalización por los políticos actuales resulta de una bajeza intolerable.

La demostración práctica de que nuestros líderes no respetan la opinión de los ciudadanos (quienes obviamente han mostrado con su voto la fragmentación y la diversidad sociales y el evidente mandato electoral de llegar a acuerdos entre diferentes partidos mediante concesiones de unos y de otros) está poniendo en peligro todo nuestro andamiaje democrático.

¿Qué pasaría en el caso de tener que acudir a unas terceras elecciones?

Lo primero que se produciría es un sentimiento de decepción y fracaso generalizados, independientemente de cuál sea la posición política de cada cual. Habría, pues, menos participación electoral y más sensación de que las elecciones no sirven para nada. Tendríamos el sentimiento de que votar es un acto simbólico y perfectamente prescindible y que nuestros partidos políticos aspiran, en realidad, a ser mayoritarios, mejor aún, hegemónicos y, si por ellos fuera, los únicos existentes. ¿No es éste el comienzo de cualquier totalitarismo?

Por ello, el que no llegase a formarse ahora un Gobierno (cualquier Gobierno, me atrevería a decir) sería un error político de primera magnitud. Esa hipótesis, más que cualquier otra, evidenciaría que nuestro sistema político está enfermo y que necesita una urgente y profunda modificación sin saberse todavía hacia dónde deben ir los tiros (metafóricamente hablando, claro).

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